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DESDE LA SELVA

Mientras sobrevolaba la selva venezolana, en aquel lejano invierno de 1992, tenía la sensación de que si en algún momento decidía lanzarme desde la avioneta mis huesos aterrizarían mansamente sobre un colchón hecho con todos los matices del verde oscuro, tal era la sensación de blandura sin mella que transmitía aquel paisaje infinito.
Pero lo de sin mella, lógicamente, era algo transitorio porque en algún momento y lugar tendríamos que aterrizar y así lo hicimos en un mordisco dado por el hombre a la naturaleza virgen en forma de precaria pista cerca del pueblo de S. Juan de Manapiare. Desde allí partiríamos para recorrer durante cinco días los cayos del Orinoco, una zona en los comienzos del gran río formada por multitud de pequeñas corrientes que serpentean entre la selva camino de unirse al gran cauce. ¿El medio de transporte? El usual en aquellos pagos: un gran tronco vaciado, toscamente pulido y ligeramente quemado en el que unas tablas atravesadas servirían de asiento durante unas 7-8 horas al día. Suena duro y realmente lo fue pero el cuerpo se acostumbra a todo y más cuando hay tantas cosas en las que la mente se haya ocupada mientras se recorren parajes extraños a uno. La lentitud con la que corren por allí las aguas y la escasa velocidad que el pequeño motor confería a nuestra embarcación permitían disfrutar de cada palmo recorrido y sus habitantes: delfines de río, tortugas, martín-pescadores, garzas, zamuros… La densidad vegetal en las orillas era tal que ni siquiera el fuerte sol de mediodía lograba aplanar los volúmenes y me daba la sensación de que sería la selva quien decidiese por donde nos estaría permitido entrar a atisbarla.
No guardo en mi memoria un recuerdo continuado de aquellos días si no flashes, momentos, sensaciones, en parte por el tiempo transcurrido y en parte porque el disco duro es sabio y se desembaraza de todo lo realmente no importante. ¿Qué me quedó entonces de todo lo vivido?
Queda un bancal de arena blanquísima cubierto por una alfombra de mariposas todas iguales, pero unas azules, otras blancas y otras amarillas, que formaron una colorista nevada a nuestro alrededor cuando un compañero desembarcó para fotografiarlas.
Quedan los brillantes lomos de los delfines trazando surcos en la pulida superficie del río sin acercarse en exceso a nosotros.
Queda la noche pasada en una churuata, la cabaña típica de la zona que habitualmente no tiene paredes pero que, por tenerlas aquella nuestra, estaba invadida por un número infinito de bichos cuya muestra más patente era el suelo cubierto por una alfombra de cucarachas, y en donde dormí por primera vez en una hamaca envuelta por la oscuridad absoluta y los ruidos desconocidos pero no inquietantes que nos llegaban del exterior.
Queda la triste visión de aquel poblado pieroa invadido por la suciedad, el abandono y la falta de esperanza, con sus niños con síntomas claros de raquitismo.
Queda, por contraste, la visita a una aldea maquiritare, la aristocracia de la zona, tan arriba en la escala social que hasta esclavos tenían. Y sus niños bien alimentados y sonrientes que pintaron mi cara con resina perfumada y nos trajeron abejorros inmensos atados a un hilo para que jugásemos con ellos.
Queda el refrescante baño en una estrecha poza en Las Quebradas que ayudó a mitigar los calores pasados durante la buena caminata que nos dimos intentando localizar la gran mariposa Kaligos para el compañero Walter, objetivo que no fue alcanzado para su mayor desilusión.
Quedan las risas de aquellos niños que esperaban jugando a que acabásemos de comer para dar buena cuenta de las sobras de nuestros spagettis.
Queda la imborrable imagen de las blancas piernas del simpático Walter pasando progresiva y velozmente al rojo más encendido por efecto de la indolora picadura de cientos de mosquitos puri-puri mientras se empeñaba en sacar unas fotos ignorando nuestros gritos de advertencia ante semejante ataque. Y la de mis propias piernas después de aquellos cinco días, tan saeteadas también que parecía que me había contagiado de algún horrible tipo de lepra.
Queda la luna llena alzada frente a mis ojos y contemplada desde mi hamaca junto al río, con el rumor del agua cercana, el croar de las ranas y el murmullo sedante de la selva convertidos en banda sonora de una noche inolvidable.

Quedan los despertares al son del canto de las guacharacas, los aseos en las frías aguas y el calor del primer café mientras veía amaneceres de brumas y olores plenos.

Queda la sorpresa ante la velocidad a la que se transmitían las noticias entre poblados y la alegre disposición de sus habitantes a la ayuda desinteresada, pues al enterarse de que entre nosotros había un aficionado a las mariposas ya no hubo parada donde no nos esperasen los niños con los más diversos y bellos ejemplares.

Pero ¡ay! en esta vida toda cara tiene su cruz y en la balanza las imágenes y experiencias turísticas se vieron compensadas con una buena dosis de realidad.
La situación es, o al menos era en 1992, que Amazonas es en Venezuela un territorio federal, no un estado, en donde no hay propiedad privada de tierras, solo “hechurías”, una especie de derecho de uso indefinido, con el que el indígena, sobre el papel, está protegido legalmente quizás más que en ninguna otra parte de Sudamérica. Todo esto parece muy bonito si no fuera porque lo que realmente se está protegiendo son los importantísimos recursos minerales que esconde el subsuelo y donde tanto control policial como hay busca, más que proteger a los habitantes, el que ningún curioso se ponga a buscar en la zona lo que no debe. Por lo pronto ya se había empezado a construir la carretera Ayacucho-Manapiare y ya se sabe que con el asfalto llegarían los ingenieros de la empresa estatal de minerales CGV, que el estado son las leyes y que, por tanto, también acabaría llegando el levantamiento de las leyes proteccionistas indígenas. Espero que la habitual lentitud gubernamental caribeña haya retrasado lo indecible el destrozo de una zona tan hermosa.

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