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EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS

Estaba decidida a no leer la novela de John Boyne. Por norma, cuando compro un libro “popular” – como me gusta llamar a los que configuran la lista de más vendidos de los grandes almacenes- suele decepcionarme. Pero conocer el dato de que la obra había sido escrita en sólo dos días y medio resquebrajó todos mis propósitos y me acerqué a la librería para adquirir un ejemplar.

Aún me resulta curioso aceptar que se puedan redactar de un tirón 217 páginas en menos de 62 horas. Sin duda, de ser confirmado como verídico el dato, Boyne es un prodigio taquigráfico. Haciendo un cálculo rápido, el autor podría llegar a escribir unas cien novelas al año. Ni Corín Tellado que, por contrato, entregaba dos obras cortas al mes, escribía tan rápido.

Pudiera ser que el dato fuese incierto o pudiera ser que no, el caso es que mi curiosidad por conocer qué podía ser escrito, en tan corto plazo de tiempo, me condujo hasta la historia del “niño con el pijama de rayas”.

Trama centrada en el holocausto nazi visto a través de los ojos de Bruno. Un niño de 9 años que pese a ser vivaz y curioso no llega a enterarse de la tragedia que asola a su país. El autor prefiere obviar el hecho y dota al personaje de una ingenuidad impropia pero necesaria para el buen término de la novela. La historia arranca con el traslado del patriarca de la familia, comandante de las SS, a Auchviz. Bruno se enfrenta a un entorno nuevo donde la soledad le impulsa a buscar alicientes externos.
Detrás de la alambrada está Shmuel, vestido con el pijama de rayas. Ambos participan de coincidencias como la de haber nacido el mismo día y comparten gustos. En el transcurso de los días, inventan juegos y se convierten en amigos.
La traición de Bruno, el perdón de Shmuel y la ingenuidad excesiva de ambos, dadas sus circunstancias, son los pilares que el autor emplea para cimentar la ideología de la obra.

Editada por Random House Children's Book , pretendía ser una obra dirigida a un público infantil- juvenil, no obstante, quizás porque lo que la diferencia de otras muchas obras versadas sobre el exterminio judío no es la historia que cuenta sino el final de la misma, ha cautivado al lector adulto. El cambio en el óptica de la concepción al equiparar los roles, generara la confusión y presuponer una situación que aunque ficticia bien pudiera haber sucedido es lo que confiere a la obra de Boyle el carácter especial.

Redactada en una prosa sencilla, por fragmentos hasta demasiado infantil, la novela resulta de fácil lectura, sin embargo, tras cerrar la contraportada vuelve a asaltarme la duda de por qué una obra, cuyo único valor se centra en un final diferente consigue atrapar muchísimos más lectores que otras de técnica narrativa muy superior.
Curioso mundo el del libro.

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