El patio de vecinas o la corrala como yo le llamo está que arde. Yo vivo en el mismo edificio desde hace muchos años, llegué con once años y ahora tengo unos cuantos más y se me ha ocurrido ir presentando a mis vecinos.
Los voy a ir presentando sin orden ni concierto, aunque si yo fuera una persona ordenada lo haría por plantas, como es debido, pero como no lo soy, voy a empezar con Ambrosia, que tiene las cenizas de su marido en la mesa del comedor y dice que por la noche las pone al lado de la puerta de entrada por si viene algún ladron, para que no le deje entrar ¿?.
Su marido era más malo que un dolor de muelas, era un tipo bajito y cabezón, que parecía mentira que en un cuerpo tan pequeño pudiera concentrarse tanta mala leche. Le daba muy mala vida, y yo juraria que ella estaba deseando que la palmara, sin embargo cuando al fin se quedó sola, convirtió su casa en un altar a la memoria del tipo. Claro que ahora le tiene controlado dentro de un bote.
Enfrente vive Segismundo, un viudo adicto al sexo, muy facha y completamente homófobo, con dos hijos, chico y chica, y que tal vez por algo parecido a la justicia divina, los dos le han salido homosexuales, que ya es casualidad, carajo. Y lo pasa fatal, porque la chica le lleva a casa unas amigas de toma pan y moja, que lo ponen de los nervios. El pobre lo lleva como puede.
En el otro lado del rellano vive Catalina, una mujer separada, hasta hace poco con su hermano Felipe, su madre y sus dos hijos. Es una mujer de cuarenta y cinco años, su marido se largó con la mujer de su hermano causandole un trauma tremendo, figurense, así que uno al otro se consuelan. O se consolaban, porque el hermano ha encontrado una novia después de casi diez años de duelo, se ha cortado la barba, que le llegaba a las rodillas, y se ha ido a vivir con ella al campo a criar gallinas y conejos.
La madre, un buen día se metió en la cama y dijo que no se levantaba más. Y lo hizo. Decía que estaba enferma, y enferma se puso, tan enferma que la pobre hija se ha tirado los últimos siete años cuidando a una señora de casi dos metros y unos cientos de kilos ella solita, hasta que la buena mujer ha tenido el buen acuerdo de morirse. Porque estaba enferma pero comía como si estuviera sana, y la pobre Catalina por poco se muere también, pero no del disgusto sino de la trabajera que su amorosa mami le ha dado.
Eso si, ahora se ha echado un novio jubilado , separado y matarife, que usa sombrero y guantes, te abre la puerta del portal, te cede el paso y te llama señorita aunque seas más vieja que un palmar.
El buen señor trabaja a ratos perdidos en un matadero y la está poniendo tibia a chuletones, la tiene como una reina aunque como siga así se la va a cargar de un ataque de acido úrico, pero ella se ha pintado los labios, se ha calzado los tacones y se lo está pasando la mar de bien.
Parece otra. Lo que hace el amor.
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