
Escribir una novela no es fácil. No basta con imaginar y soñar una historia de vértigo, el autor debe tener presente los fieles principios literarios: situar la acción, desarrollarla y concluir con un desenlace que, grato o no, ponga el punto y final. La coherencia de los actos de los personajes dará credibilidad a la novela. El cambio final es vital para justificar por qué contamos. El tono y la estructura serán el esqueleto madre que permitirá sostener la acción.
Algunos autores, como Matilde Asensi, siguen las premisas literarias a rajatabla y en las veinte últimas páginas de la obra resuelven los conflictos y dotan al protagonista de una nueva vida. Otros, como Julián Marías, dedican su escritura a intentar romper con patrones estereotipados y se atreven a concebir una trama sin preocuparse demasiado de los detalles. Así, en Mañana en la batalla piensa en mí el lector no sabe de qué muere Marta Téllez aún cuando su desaparición es el desencadenante del argumento.
Hay quien afirma que todo es lícito en la escritura, aún el engaño, puesto que es el oficio de mentir. Sin embargo, nada puede fastidiarme más una lectura que la manipulación del autor cuando intenta sorprender sirviéndose de la ocultación de datos. Lícito o no lícito, lo cierto es que el mundo del libro está repleto de farsas, incluso la autoría puede ser falseada, como hizo Thomas Chatterton que, por conseguir la fama, no dudó en atribuir textos de su puño y letra a un inventado monje medieval.
¿Pero qué pasa cuando el engaño es involuntario? Entonces, claro, estamos ante el típico gazapo, también muy abundante en nuestra literatura.
En los últimos tiempos, el éxito de la novela histórica ha motivado que muchos escritores ambienten su trabajo en tiempos remotos. Los más meticulosos dedican tiempo a la documentación y salvan así de errores el escrito. Otros, consideran que no es tan importante dominar un época y no es difícil encontrar como en El médico de Córdoba, de Herbert Le Porrier , tomates en un mercado del Medievo europeo – dato que sería correcto de no ser porque se importaron de América y hasta el Renacimiento no se descubrió el Nuevo Continente.
Si al componente histórico el autor quiere agregar un enigma, tan de moda en nuestros días, el gazapo casi puede aparecer como una constante de la novela. Así no tiene que extrañarnos que el protagonista tenga en su poder un papel del S.I d.C. escrito en latín que contenga la pista capaz de desvelarnos el enigma más oculto. Podría estar bien si omitimos que el papel empezó a utilizarse en Europa a partir del S. X.
No sería justo condenar una obra por una errata de consulta, de ahí que el gazapo siempre me provoque una sonrisa si la novela está bien escrita.
Como contrapartida al error, hay libros que contienen guiños al lector. Puede que solo una palabra perdida escrita en una página, quizá el nombre del protagonista sin mayúscula en una acción o un párrafo que al leerlo se nos antoja fuera de contexto pero que al concluir la obra cobra fuerza y resulta vital para la comprensión de la novela. Los he encontrado en obras de grandes maestros como Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, donde el autor solo en una frase llama locos a los ciegos.
Y, así, entre gazapos y guiños podemos perdernos en las páginas de los libros, descubrir historias que jamás existieron, vivir momentos con personajes inventados y sentirnos partícipes pasivos de hazañas que nadie jamás ha llevado a cabo. Porque, al fin y al cabo, novelar es el arte del engaño.
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