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LA LEYENDA DEL PRINCIPE AUDAZ

La historia emparentaba a Marul y Ánmera desde el principio de la memoria, cuando eran un solo reino que vivía en paz con sus vecinos. Se decía que ambas dinastías provenían de los Valles del Sur de Ánmera y que allí se hubiesen quedado siendo una, si no fuera por un joven príncipe de espíritu aventurero que al descubrir el mar, quedó fascinado por él.

No había constancia escrita de ese remoto pasado, pero se tenía por cierto que este príncipe, en uno de sus viajes, llegó hasta el borde mismo de los Acantilados Sin Sombra de Marul, y a punto estuvo de morir despeñado en su intento de encontrar un camino hasta la playa. A su regreso, contó tales maravillas del “cielo caído” como llamó al mar, que muchos le atribuyeron poderes mágicos. ¿Cómo si no se explicaba el afán del príncipe de volver a toda costa para conseguir tocarlo? Sus relatos sobre extrañas luces y canciones silbadas por el viento, consiguieron convencer a los más intrépidos para que lo acompañasen a alcanzar el mar.

Cuando la valiente expedición llegó hasta el acantilado, no dudaron en intentar lo que parecía imposible. Ayudándose unos a otros con las cuerdas, lograron bajar por el peligroso acantilado hasta la playa, pero sus manos estaban tan heridas cuando llegaron a la orilla, que el primer contacto del agua les hizo llorar de dolor. El príncipe, confuso y desilusionado, no pudo disuadir a los otros que querían regresar de inmediato a sus casas. Como no podían subir hasta que sus manos curasen, se resignaron a recorrer la interminable playa en busca de otra salida y la encontraron.

Entre las rocas se abrió como por encanto un ancho pasillo de arena con paredes tan altas como el acantilado. Dos días tardaron en recorrerlo entero. Cuando llegaron a su final, vieron admirados que otro pasillo terminaba a su lado, más estrecho y con suelo de tierra y piedra, pero no se atrevieron a entrar en él. Siguieron en la dirección en la que debía estar su país y no erraron los cálculos.

Les contaron a todos lo hermoso de lo visto y también lo peligroso. El príncipe no volvió a ver su cielo caído, pues al no poder soñar con regresar de nuevo, acabó enfermando de tristeza y al poco murió. Con el tiempo, otros príncipes aventureros siguieron la ruta al mar descubierta por el primero (el Paso de Marul) y otros más valientes aún, se adentraron en el estrecho pasillo donde aquél no se atrevió (el Desfiladero de Masca). Muchos se fueron quedando hasta formar otro reino hermano (Marul), del que Ánmera jamás se alejó.

De esta leyenda quedaron dos reinos, dos rutas y un dicho que utilizaban cuando se referían a algo que podía resultar tan peligroso como deseable: “Quema tanto como el mar”.

Los sucesivos audaces, príncipes o no, también fueron descubriendo que perseguir maravillas es fascinante, que acercarse a ellas para tocarlas siempre conlleva peligros difíciles de calcular y que, con frecuencia, el camino de regreso es lo que deja la huella más definitiva de la aventura. Por eso se debe cuidar con mimo de cada cicatriz, como prueba indeleble de que un sueño ha existido y como recordatorio para el futuro de que hay puertas que sólo se abren si se sabe aprovechar el viaje de vuelta.

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