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PEQUEÑOS E IMBORRABLES

Viajar, salir de nuestro círculo de seguridad y certidumbres para llenarnos de lo diferente, lo desconocido y lo incomprensible. Abandonar la rutina, el idioma conocido, los sabores cotidianos y los rasgos familiares para descubrirnos a nosotros mismos cuando nos enfrentamos a los alojamientos precarios, los compañeros más o menos elegidos, los trámites absurdos, las distancias eternas y las horas de silencio. Pasar nervios, frío, calor o hambre, esperas, agotamiento, madrugones e incomodidades varias para poder descubrir lo que se esconde tras la línea del horizonte y mucho, muchísimo más allá.

Para el que está infectado por el virus viajero todo ello es asumible porque la recompensa le esperará cuando menos se lo piense y la huella de su recuerdo permanecerá para siempre como destellos de luz y sombras inextinguibles. Solo se necesita regresar y deja que el tiempo pase y la memoria haga su trabajo de criba, entonces un día te das cuenta de que, a veces, son las cosas más sencillas e insignificantes a priori las que se nos han quedado grabadas con más fuerza, que también hay paisajes y maravillas arquitectónicas de imposible olvido pero que, por esos extraños juegos de la mente y el corazón, no son siempre los primeros en salir a flote cuando echamos la vista atrás.

Quizás porque los otros son más “literarios”, y a ellos dedicaré este rincón viajero, hoy me gustaría hacer un hueco a los destellos imborrables…

A aquel chae bebido en un vaso mugriento a pie de carretera en una fría mañana de Noviembre camino de una estación de montaña en el sur de India.

A aquella pareja de águilas que sobrevolaban majestuosas el trocito de cielo que veía desde el fondo en donde descargaba una bellísima cascada en la Gran Sabana venezolana.

Al rato que pasé, whisky en mano, sobre el sucio techo de la cubierta de un barco que remontaba el Nilo, con las orillas vaciadas de vida y la Luna llena reflejándose en las tranquilas aguas.

A los rayos que de lado a lado cruzaron el cielo gris que cubría la llanura uruguaya, avanzando a velocidades nunca vistas por mí antes, como preámbulo del único ciclón que me ha tocado vivir, y disfrutar.

Al largo rato de charla sentada sobre unos escalones de piedra, con los pies sumergidos en las marrones y frías aguas del Tiber, mientras la tarde iba cayendo tranquila sobre Roma.

A la luz que se filtraba a través del humo que ascendía de la parrilla donde se preparaba nuestra comida un mediodía en el Kurdistán iraní.

Al sabor incomparable de aquel coco al que logré quitar su duro caparazón a fuerza de golpearlo con una rama tronchada un atardecer en Maldivas, y que sació nuestra sed tras otro día buceando en las más bellos fondos marinos.

A las horas contemplando la puesta de sol sobre el Atlántico, entre tés a la hierbabuena y buena conversación, en el Café Haffa de Tánger.

A la visión de los gemelos, cubiertos todo el cuerpo de pelo y con rasgos simiescos, que eran exhibidos en la playa de Bombay como la prueba viviente de la existencia del eslabón perdido de Darwin.

Al sabor con regusto a rosas y la textura esponjosa de unos dulces rasgulash comidos en el palacio de Samode, en Rajasthan, y que se encuentran entre las cosas más deliciosas que jamás he probado.

Al momento de coronar la cima de la isla de Kefalonia y contemplar todas aquellas otras islas griegas que surgían de un mar como balsa de aceite mientras el viento nos llegaba cargado de olor a romero…

Tantos y tantos instantes únicos atesorados a lo largo de mis viajes y que permanecen perfectos, vívidos e intocados en mi mente y en mi corazón para recordarme que solo por seguir aumentando su número merece la pena cerrar cualquier día la puerta y emprender de nuevo el camino.

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