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El sargento Orellana y la cabo Campanario serían los encargados de resolver estos crímenes, ya estaba confirmada la noticia. Les iban a dejar toda la responsabilidad la jefatura provincial de la guardia civil por falta de personal. Esto demostraba a las claras la mínima importancia que arriba daban al suceso de la pasada noche.
En el despacho del cuartel, observaban las pistas con la extraña sensación que les dejaba pensar, si aquella designación era un premio o un castigo. Para Campanario era un castigo que a nadie le importara lo acaecido en el pueblo por impactante que fuera. En cambio Orellana veía en este misterio por resolver, la oportunidad ideal para salir de Villaanal hacía un destino mejor, más acorde con sus posibilidades.
_¿Qué sabemos de ese cura cabo?
_Pues, que era algo peculiar, con bastante mal genio. Mantuvo al pueblo en jaque cuando se negó a que construyeran un club en las afueras del pueblo... ¿recuerda?.
_Si, de eso me acuerdo bien, no se calmo el condenado hasta que consiguió que lo pusieran en el centro del pueblo para que le pillara mas cerca. –el sargento entendió la mirada que le propinó Campanario- Aun así, con ciertos defectos era un representante de la iglesia católica apostólica romana. Debemos encontrar a los responsables y por curiosidad de paso averiguar que le aconteció en sus momentos finales.
Sobre la mesa tenían fotos de la escena del crimen, los cadáveres, el olivar, las cabras y lo mas extraño, lo del padre Eugenio, de quien tenían un primer plano con la estaca atravesándole el pecho.
_¿Cree usted en vampiros?.
Al caer la tarde los dos yacían sobre la mesa, somnolientos por el sopor que les produjo aquel tiempo prolongado visionando fotografías sin sentido. La cabo Campanario abrió un ojo, se percató de un ladrón que había entrado en escena para sustraer la prueba A, clave imprescindible para la resolución de aquel caso.
_¡Ey!... ¡ese perro se lleva el pecho!.
Orellana se despertó de un saltó e instintivamente se puso una mano en el cinto cerca de la pistola. La guardo de inmediato al ver que solo era un perro enano común.
_Tranquila... si es un perro rastreador bien podría llevarnos cerca del resto de la mujer o de su asesino... he leído en alguna parte que hay perros que pueden hacer eso.
El sargento era persona inquieta que no se quedaba contenta con sus estudios de graduado escolar y siempre intentaba aumentar sus conocimientos. Leía libros a todas horas, el último era uno sobre perros amaestrados. Para la gran mayoría de su familia había llegado mas lejos de lo que nunca jamás osaran soñar, en cambio para él, aquel puesto de sargento de la guardia civil era algo que se le quedaba ciertamente escaso a sus capacidades, habilidades y sueños.
_Parece increíble, pero dicen que hay perros que huelen la droga y los explosivos. ¡Qué cosas joder!.
El perro se ocultó en una casa de la misma calle del cuartel, como quien sabía demasiado bien donde iba y el porque, fue aligerando el paso hasta perderse de vista. Los guardias le siguieron agitados y nerviosos hasta ver donde se metía el animal, lugar harto conocido para ellos.
_Pero si esta es la casa de...
_La madre que lo parió, debí suponerlo.
Resignados accedieron al interior suponiendo a ciencia cierta lo que habían de encontrarse en ella. Al entrar se fueron a cruzar con una anciana que plumero en mano sacaba el polvo a sus platos de la pared.
_¿Quién se ha muerto?. –les dijo.
_Siga con lo suyo venimos a ver a su nieto, otra vez.
Subieron desatendiendo las mil preguntas que la vieja les hacía desde la planta baja. Tenían callo ya de lidiar con la tutora del menor al que buscaban, mujer de demencia senil transitoria de conveniencia, como habían podido constatar en mil y una ocasiones.
Campanario fue la primera en encontrar al perro con su dueño, Manolito palillero, quien jugaba al cinco contra uno ante los ojos curiosos del animal y con la prueba A en el regazo.
Manolito era un delincuente sexual de poca monta. Tenía casi nueve años y estaba fichado por los agentes del orden del pueblo hacía tiempo ya. Los delitos que solía cometer se limitaban por el momento, a pequeñas sustracciones a mujeres, en su mayoría objetos y prendas intimas con las que llevaba a cabo el vicio que le absorbía la existencia, le llenaba la cara de granos y le había originado tal sobre nombre del pajillero, con razón.
_Algún día, -le dijo la guardia civil- colmaras mi paciencia y tu y tu perro acabareis en el calabozo. Te libras por que no tienes nada mío aquí, que sino...
La habitación del muchacho era un autentico museo del fetichismo femenino. Artículos de todas las macizas del pueblo colgaban por las paredes, descansaban sobre una gran mesa de exposición y desordenaban el resto de la habitación.
_Esperen un minuto que acabo enseguida con esto.
El perro pequeño ladraba intentando que los intrusos se marcharan de la habitación, mientras el amo terminaba la faena.
El guardia desenfundó la pistola y se la colocó al niño en la sien, solo entonces consiguió hacerlo desistir en su empeño de terminarla.
_Guárdate el sable chaval si quieres llegar a meterla en caliente alguna vez.
_Tengo mis derechos, ¿sabe?.
_Levanta una mano en alto y guárdate el arma con la otra, luego levanta la otra mano... ¡Ya!. –le gritó el sargento.
Sin dejar de mirarlo a los ojos Manolillo soltó su miembro y con lenta parsimonia lo introdujo de nuevo por la cremallera en sus pantalones, aquel lugar donde alguna vez solía esconderlo en momentos de crisis.
_Vamos cabo coja eso y volvamos a la investigación.
Recogieron el pedazo y lo metieron en una bolsa, ante las quejas del chaval.
_Niño, deberías guardar algo de energía sexual para cuando llegues a los cuarenta, fíjate en el sargento Orellana por ejemplo.
Orellana arqueó las cejas al oír este comentario a destiempo sobre su virilidad. La cabo últimamente le faltaba el respeto con algunos comentarios que no comprendía.
_Yo no voy a llegar a esa edad señorita, con esta profesión mía... lo veo chungo.
_Extraño niño. – le dijo el sargento O a su compañera mientras se alejaban de él y de su perro- ¿Y a que ha venido ese comentario sobre mi energía sexual?.
_Extraño, sí. –dijo la cabo mientras salía de la habitación dejando a su paso caer del bolsillo un pañuelo. El niño lo recogió sonriente, después lo guardaría en el armario donde tenía una exposición exclusiva de objetos y prendas de la Campanario, antes era hora de dedicarla una mas a la reina de sus masturbaciones.

Caía la tarde en Villaanal de la sierra. Aquella no había resultado una buena jornada para el sargento Orellana, la cabo Campanario parecía molesta con él, y además su hija recién llegada de la universidad no había regresado a casa esa noche. Son cosas de jóvenes salidos decía su liberal exmujer, a la que no le quedó otro remedio que avisar, pero él solo podía pensar que en los tiempos de su padre, que había sido un guardia civil de verdad, con bigote y mala leche, esas cosas no se las hacia un hijo a su padre guardia civil, existía otro respeto con la benemérita. Si no te respetaban ni tus hijos que iban a hacer el resto del pueblo.
“Se ha criado con su madre en una ciudad y claro, vengan libertades”- pensó
Caminaban por las calles desiertas del pueblo, despacio sin apenas cruzar un par de palabras, las tensiones iban in crescendo a lo largo de aquella complicada jornada y no todo tenia que ver con aquel macabro asesinato múltiple, en su hasta ese día tranquilo, apacible y aburrido monótono pueblo.
_ ¿Té pasa algo Campanario?.
La señorita cabo Campanario mantuvo por unos segundos la triste esperanza de poder mantener su boca cerrada, pero ya se sabe como es la boca de una mujer enojada.
_Sí, el caso es que si que me sucede algo. -el sargento vio temblar sus propias piernas- ¿Te acuerdas de aquel preservativo que tenía un agujero por el que entraba un dedo, que luego se te quedo dentro, y por cierto aun no lo he encontrado?.
El sargento dudó, parecía una pregunta con trampa.
_Esto... sí. Creo.
_Pues eso, que tengo faltas.
_Pues que las tire Roberto Carlos no te jode. - dijo el sargento riendo, enmudeció ante la mirada de ella- perdona es que no sé que me dices.
_So palurdo es que hace tres meses que no menstruo por si te interesa. –dijo la cabo Campanario a pleno pulmón.
_No me entero. – le contestó él.
Un jipi que estaba cerca de ellos se lo tuvo que aclarar.
_Pues que la has dejado preñada colega... jeje como esta el cuerpo.
El sargento no daba crédito a la situación, ni sabía de donde había salido aquel personaje extraño.
_¿Estas segura?. -la dijo.
_Eso, ¿Estas segura?. -repitió el jipi.
_Todos los tíos dicen lo mismo en estos casos joder. -se lamentó ella- ¡Sí hostias!, estoy segura, tú eres el padre.
_¿Yo? - preguntó el jipi.
El sargento comprendió que era el momento de decir algo importante y que no le comprometiera el futuro.
_Venga vámonos, tenemos que interrogar a un testigo. –resolvió el hipotético padre.

Pasado el primer apuro para el sargento, llegaron hasta el calabozo donde estaban el zapatero y su esposa.
_¿Reconocen esto?. -la cabo Campanario les enseño la bolsa con la prueba A.
_Jodo, peazo de seno.
Los ojos del zapatero se pusieron a dar vueltas como una pesa de olla exprés.
_Siempre se pone igual cuando ve un pecho amputado -le disculpo su señora- pero no tenemos nada que ver con eso, no lo habíamos visto antes, por lo menos solo.
_¿No sabes de quien pueda ser? ¿No les recuerda a alguien siquiera?.
_Ya le digo que no... si se ha perdido alguien lo estará buscando digo yo. –dijo el zapatero serio como él solo.
Entonces los ojos de Orellana giraron en sus orbitas como los de vicky el vikingo. Se le acababa de ocurrir una gran idea, recordando sus dos grandes mitos de la infancia, salomón y la cenicienta.
_Venga conmigo cabo, acabo de tener una idea cojonuda... esto lo resuelvo yo en cuestión de minutos.
_¿Qué ha pensado?. –preguntó ella temiéndose lo peor.
Ilusionado él se lo explicó. Aquella gran idea sonó a guasa en los oídos de la cabo Campanario, solo que esta vez opto por dejarle sufrir las consecuencias de tamaño absurdo.

Pasaron bastantes minutos en la preparación, porque los planes ideados por el guardia no se podían llevar a cabo sin un previo aviso a los conciudadanos. Así a primera hora de la mañana todas las mujeres del pueblo hicieron cola para enseñar sus pechos. El lugar elegido no fue otro que el salón de actos del ayuntamiento. Entraban de una en una y dentro solo quedaron Orellana, la cabo Campanario y el jipi para contemplar aquella revisión de senos, que parecieron aceptar con bastante resignación las mujeres maduras, con indignación las jóvenes y las ancianas que incluso se colaban en la fila. En general por la causa, las explicaciones del guardia y el hecho que una cámara siempre es una cámara, consiguieron llegar a buen puerto la filmación. A las once de la mañana sólo les restaba una para cerrar el film.
_No desconfiareis de mí. – dijo la cabo- se nota bien que tengo una talla superior.
_Nada, - dijo el jipi que lo grababa todo en vídeo- si mi abuela nos las ha enseñado tu también.
Este curioso personaje que había entrado por casualidad en el grupo y de puntillas empezaba a hacerse un hueco en esta cada vez más desconcertante investigación. La falta de personal y la escasa por no decir nula aportación a la causa del becario Romero consiguieron que fuera integrado en el grupo perseguidor con plenos poderes. Este joven iba a demostrar en un breve periodo de tiempo sus habilidades para llegar allá donde la guardia civil veía barreras impenetrables.
El jipi tenía su nombre y todo, Rosendo Maiden, solo que hacía tiempo que lo había olvidado a causa del desuso. Desde la tierna infancia comenzaron a llamarle el jipi por las barbas, las melenas y su singular aspecto al estilo de esas comunas que ya comenzaban a integrarse en suelo Español. No era natural de Villaanal de la sierra aunque tampoco del todo desconocido para los paisanos. La abuela del jipi aun residía en el pueblo y de vez en cuando se dejaba caer por Villaanal para visitarla y sacarla parte de la pensión. Llevaba el pelo sucio, enmarañado como buen anarquista, barba fina con lagunas evidentes y anchas cejas pobladas al por mayor. Era castaño claro casi llegando a medio rubio que le daban un aspecto, uniendo las pecas, a un extranjero de esos, como también le llamaban algunos por el lugar. La cuestión que nos ocupa es que tenía mundo en sus pocos años y una serie de conocimientos que no pasaron por alto al sargento Orellana, cuando ambos se cruzaron por casualidad en la calle. Fue fichado y no hizo falta tomarle juramento siquiera.
La cabo Campanario se quitó la blusa y para sorpresa de todos tenía sus senos muy bien puestos en su sitio, aunque algunos allí ya lo sabían hacía tiempo. Tras una pequeña ventana del salón de reuniones del ayuntamiento, que daba a un patio exterior, un niño se desmayó cayendo de bruces al suelo desde las cajas de madera en las que estaba subido.
_¡Jo que tetas tiene el cuerpo de la pestañi!. –dijo el jipi.

A la mañana siguiente...
_Hay que encontrar a Miguel Canales. –dijo Orellana, quien apuraba su segundo tazón de café con patitos en la oficina del cuartel- Es la única posibilidad que nos queda de resolver todo esto antes de jubilarnos.
El informe del forense del pueblo había sido sencillo y conciso, pero poco esclarecedor. Dejó claro que el seno fue amputado a un cuerpo humano, de mujer posiblemente. Estaban recibiendo escasas ayudas de fuera, los superiores les enviaron como todo apoyo un libro con los últimos cien casos importantes resueltos por la benemérita, por si les era de ayuda, pero el último caso resuelto al parecer era el de "el lute" y este quedaba ya muy atrás en el tiempo para que fuera útil.
_Nos falta por encontrar un cuerpo, el de la cuñada de Miguel Canales sargento.
Por su cabeza se barajaba la hipótesis de que fuera de esta mujer el pecho encontrado entre los barrotes de la cama.
_Aun tenemos que buscar a alguien más, un testigo directo.
_¿Un testigo directo? ¿Quién?.
Campanario tenía ya entrevistas de todos los familiares y amigos de Miguel Canales que vivían en el pueblo. Todos le habían perdieron la pista horas antes de la fatídica hora H de los crímenes.
_Sígueme
Se pusieron manos a la obra aun de madrugada. El primer lugar donde buscaron fue en uno de los garitos del pueblo, donde el sargento Orellana encontró al hombre que buscaba. Le sacó a rastras a la calle donde le arrojó al suelo como método de intimidación, ante los ojos atónitos de la cabo, que desconocía identidad del sujeto.
El testigo en cuestión, a quien ya el sargento tenía encañonado con su pistola reglamentaria, no era otro que el playboy de rebajas del pueblo. Un inocente al que no se podría acusar de otra cosa que no fuera acosos sexuales sin resultados, a toda falda viviente.
_¡Contesta a mi pregunta mamón!.
_Sí que ví anoche a su hija, - habló este con aparente tranquilidad a pesar de lo delicado de la situación- me la intente tirar, si le digo otra cosa le estaría mintiendo sargento, pero se negó y la deje sola, claro tengo una enfermedad terminal y no estoy para perder el tiempo.
Tras la paliza de rigor le dejaron tirado en un callejón. Es reconfortable ver como ciertas tradiciones de la guardia civil perduraban en el tiempo y no se perdían en el saco del olvido.
El sargento comenzaba a sopesar una hipótesis sobre la desaparición de su hija, algo que la relacionaba con el caso del pecho serrado. Algunos informes apuntaban en esa inquietante dirección.
_Hay que encontrar a ese asesino. Busquemos una foto reciente.
Tras arduas horas de investigación y trapicheo, revolviendo de arriba abajo todo Villaanal de la sierra, solo consiguieron encontrar dos fotos del joven Miguel Canales.
_Son poco recientes. -dijo la cabo Campanario.
Orellana las contemplaba con una cierta bajada de moral. ¿Por qué las investigaciones de la vida real no salían tan bien como las de las películas de la televisión?. ¿Por qué los asesinos cutres de pueblo no dejaban notas o pintadas en las paredes sobres sus próximos pasos?. La vida del guardia de pueblo era injusta.
En la primera andaba vestido de blanco con cara de gilipollas y al lado de un ídem.
_ Desde la comunión habrá cambiado ¿no?. -dijo.
La otra era aun anterior, en esta se le veía en bañador junto a un desagüe de aguas fecales. Era el río del pueblo y en la parte trasera de la foto se leía: Miguelito en su baño mensual.
Permanecieron por espacio de unos segundos viendo aquellas viejas fotos.
_No hay otra cosa, no eran muy dados a la fotografía en esa familia sargento.
_Esta bien, mandarlas a todos los cuarteles y comisarías del mundo. Andando no puede haber ido muy lejos en tan solo dos días.
_Solo andando en dos días puede haber salido casi del país. –comentó Romero.
_No te jode, y quien iba a querer andar tanto.

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