Las cuatro horas pasadas en el aeropuerto de Barajas mientras esperaba la salida de mi vuelo para Egipto fueron una auténtica agonía, aquel iba a ser mi primer viaje en solitario y la incertidumbre y el miedo a lo que pudieran depararme los próximos doce días hizo trizas mis nervios… y mi intestino. Solo la firme decisión de volver a viajar, después de tantos años de abandono forzoso y pese a no haber encontrado a nadie que dispusiera del tiempo y el dinero suficiente, logró que no acabara dando la media vuelta.
Superar el mal trago me fue recompensado con creces porque descubrí un país maravilloso y unos divertidísimos compañeros.
Destino: Luxor
Debido a mi inexperiencia en autogestión viajera y (creía) total desconocimiento de ningún idioma que no sea el patrio, había optado por elegir un crucero con un importante tour operador y así fue como me encontré dentro de un grupo de más de 30 personas invitadas desde el minuto dos a contratar la primera de las excursiones que la compañía ofrecía como extras; por fortuna había un jordano-español que sabía que las cosas no cuestan lo que te dicen y la aquella primera noche once personas decidimos desmarcarnos e ir por nuestra cuenta, paseo en calesa incluido, a ver el espectáculo de “Luz y sonido” del templo de Karnac que nos habían ofrecido, con lo que obtuvimos por 7€ lo que el resto consiguió por 25€. Lección aprendida: dentro de un viaje organizado uno puede buscarse la vida no solo para ahorrarse un dinero si no también para poder disfrutar un poco más, así que en ese momento decidí que eso sería lo que haría siempre que fuese posible.
A la mañana siguiente empezaron las visitas programadas, primera parada Karnac de nuevo. Este templo es una auténtica ciudad en si misma dado el tamaño, nunca mejor dicho, faraónico del recinto.
La mayoría de la gente prefiere pegarse a los guías tanto por absorber toda la información posible como, posiblemente también, por el temor a que alejados de su protectora presencia las desgracias caigan sobre ellos una tras otra, lo que hace que si te sales del camino marcado puedas disfrutar hasta de las visitas más populares con bastante tranquilidad. Así que juré y perjuré que a la hora convenida estaría en el autobús y me lancé a descubrir la primera joya que me ofrecía Egipto.
No hay fotografía ni documental que logre transmitir la inmensidad de lo que allí uno se encuentra. Tras recorrer la monumental Avenida de las Esfinges una gigantesca puerta daba paso al primer gran patio, con su amplia explanada y los templos de diversas épocas que jalonan su perímetro y tras la segunda puerta me esperaba la imponente sala Hipóstila con sus 132 columnas increíblemente altas y anchas formando un tupido bosque que te convertía de inmediato en un ser ínfimo. Hasta aquí los cientos de turistas que marchaban en pelotón tras cada guía aún enturbiaban un tanto el paseo pero, afortunadamente, no se los veía propensos a salirse de la gran avenida central así que en cuanto me alejé de allí Karnac quedó prácticamente a mi disposición y de esa manera recorrí a placer las ruinas de templos, dependencias administrativas, viviendas, calles y callejones, husmeé por cuanta puerta y hueco encontré, disfruté de exquisitos bajorrelieves en absoluta soledad, pude observar de cerca trabajos de excavación y restauración y perspectivas amplísimas sin ver a una sola persona.
En el templo de Luxor ello no me fue posible dadas sus reducidas dimensiones, y en las tumbas reales del Valle de los Reyes las colas son casi imposibles de esquivar porque solo se abren cada vez un pequeño número de las más significativas con el fin de preservarlas lo mejor posible.
Sin embargo el templo de Hatsetsup si pude hacerlo un poco mío, algo que deseaba especialmente porque Dar-el-Bahari, con sus terrazas, sus rampas, sus columnatas y sus líneas puras recortadas frente a la imponente pared rocosa, ha sido de siempre mi preferido entre todos los que conocía por los libros, tanto por su propia singularidad arquitectónica como por la fascinación que me provoca la artífice de su construcción. Pero es esa otra historia.
Esa misma noche iniciamos el crucero por el Nilo. Creo que nunca me cansaría de contemplar la ancha y tranquila masa de agua que atraviesa el desierto volviendo fértil la arena improductiva. Bajo un sol turquesa el verde intenso de los campos se unía al azul profundo del río sin que mediaran bancales o roqueríos, y esa nítida frontera solo se rompía en los escasos pueblos y ciudades donde bajábamos para visitar los templos de obligada parada: Edfú, Kom-Ombo y Esna. Y entre ellos kilómetros y kilómetros con infinidad de palmeras de alto y esbelto tallo, grupos de niños bañándose al atardecer, burros pastando tranquilos en cada pradera, hombres fumando narguile en corrillo y mujeres acarreando fardos. Luego había otro río por la noche cuyas orillas se perfilaban bajo una luna llena de ensueño, que te regalaba una brisa fresca que compensaba de los calores diurnos y que al abrigo de un tejadillo en la proa me procuraba momentos de silencio y soledades únicos.
Y tras los cuatro días de navegación llegó Assuan, donde los cruceros dan la vuelta pues el Nilo se estrecha y puebla de pequeñas islas e infinidad de rocas.
Compartí la mañana del día que pasamos allí con el pequeño grupo de los “despegados” pasando a la orilla izquierda para disfrutar de un magnífico paseo en camello por el desierto con la ventaja de que aquí no tienen la costumbre de enganchar un animal a otro y puedes despegarte un poco del pelotón. Y es que el desierto hay que saborearlo en silencio a ser posible, solo así, dejándose llevar por el suave bamboleo que provoca el característico caminar de estas monturas, puede uno inundarse por completo de todo lo que entra por los ojos y la piel: las dulces ondulaciones del terreno, el dorado intenso de la arena, la visión de un abandonado e impresionante monasterio en la lejanía, el perfil de las montañas en el horizonte, el intenso calor que de tan seco no molesta y el ligero aire que a ratos llega del río. Y para rematar la travesía un paseo en falúa, la embarcación de madera típica con su única vela triangular, y un baño en las frías aguas en una minúscula playa escondida entre las piedras.
Por la tarde me decidí a recorrer la ciudad sola pero aferrada a mi propio talismán, un tesbhi o rosario musulmán precioso que me traje de Estambul y que fue la envidia de un buen número de egipcios, y con el que invocaba a la suerte para que no me abandonase. Visité la catedral ortodoxa, moderna y carente de cualquier encanto, las callejuelas del mercado, más de los lugareños que de los turistas, y la ciudad de los muertos, el gran cementerio bastante más deteriorado y, por tanto, menos habitado que el muy famoso de El Cairo. Y es que en este país con tanta escasez de vivienda las casas que se construyen para dar cumplida morada a los muertos con posibles son aprovechadas por los vivos sin recursos para conseguir un techo más digno que cualquier chabola y muchos destartalados pisos.
Pero la sorpresa mayor me esperaba en la terraza del Hotel Old Cataract, aquel donde Agatha Christie se alojó tantas veces cuando vivía en el país mientras excavaba con su segundo y definitivo marido.
Sentada en primera línea, ¡ah, mi talismán!, fui obsequiada con el más bello atardecer que pueda imaginarse, aislada por completo de las conversaciones de las abarrotadas mesas vecinas. A mis pies, a unos 20 metros por debajo de donde me encontraba, el Nilo discurría a mi izquierda entre grandes rocas y pequeñas islas y a medida que avanzaba hacia mi derecha se ensanchaba y permitía la navegación de multitud de falúas que cruzaban incansables de una orilla a otra o simplemente ofrecían una deliciosa travesía vespertina a sus ocupantes. El sol estaba a punto de ponerse y todo era bañado por una luz dorada que teñía de irrealidad el aire. Los pájaros, ¿golondrinas quizás?, cruzaban raudos de un lado al otro del cielo y la tumba del Aga Khan, un gran y sencillo cubo situado en lo más alto de la más alta colina, dominaba toda aquella belleza regalando la más hermosa de las vistas al muerto que albergaba.
Tras Assuan le llegó el turno a los impresionantes templos de Abu Simbel, cuya belleza y espectacularidad bien justificaron el esfuerzo económico internacional que supuso su traslado desde su emplazamiento original hasta el actual cuando la construcción de la gran presa que dio origen al lago Nasser amenazó con sepultarlos bajo varios metros de agua. El único “pero” es que al ser las colinas que los acogen y sus alrededores absolutamente artificiales tiene el lugar un punto Port Aventura que sorprende bastante después de haber visto tantos otros templos bastante dejados de la mano de Dios.
Una vez más mereció la pena recorrer a solas el lugar porque alejado del archiconocido templo de Ramsés II se encuentra el de su esposa Nefertari, más pequeño pero también imprescindible y al que incomprensiblemente no se acercaba demasiada gente.
Continuará…….
Etiquetas: Egipto
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